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La rehén que cercó a las FARC PDF Imprimir E-Mail
Revista Vanguardia   
martes, 08 de julio de 2008

El plan Jaque fue un triple triunfo: Betancourt libre, Uribe deja de ser el llanero solitario y la guerrilla queda menguada. Todo ello incidirá en Ecuador.

 

El rescate de Íngrid Betancourt puede ser la noticia del año. Su secuestro la convirtió en el ícono mundial de rechazo a un delito execrable que condena hasta Fidel Castro. Por eso, tras seis años en las selvas colombianas, el bumerán para las FARC es evidente: han perdido la principal carta de negociación y ahora están frente a un coro internacional que les pide abandonar las armas. Así se agrava su crisis militar y política y las ventajas de una negociación con el Estado, otrora inconmensurables, se reducen al mínimo.

El tsunami producido por el rescate de 15 rehenes, en forma impecable por los militares colombianos, cambia el mapa diplomático regional. Álvaro Uribe es sin duda el gran ganador: deja de ser el llanero solitario en Latinoamérica y ve, con optimismo, la posibilidad de ir a un tercer período presidencial. Hugo Chávez sigue la corriente, Rafael Correa quedó desubicado y Daniel Ortega se refugia en el pasado...

Vanguardia analiza por qué el rescate de Íngrid Betancourt mueve las fichas en una zona afectada por el conflicto armado en Colombia.

LA OPERACIÓN
El plan fulminante se preparó desde el 2007

La estrategia del rescate militar de Íngrid Betancourt muestra el grado de sofisticación alcanzado por los militares colombianos. Esta se inició, según su versión, el año pasado cuando se fugó el policía John Frank Pinchao, en el mes de abril. Su testimonio sirvió para identificar el sitio donde estaban los rehenes. Pinchao contó todo: cómo operaban los campamentos, quiénes cuidaban a qué secuestrados y cómo se movían. La zona identificada fue San José del Guavire. Nada fue más contundente que la liberación de Luis Eladio Pérez en febrero de este año porque ahí se precisó el lugar exacto de los campamentos.

Pero los militares no podían arriesgar la vida de los rehenes, en especial la de Íngrid Betancourt. Los satélites de Estados Unidos hicieron el resto: gracias a ellos pudieron ver a guerrilleros y secuestrados.

¿Cómo cercarlos?, fue la pregunta que se hicieron militares y civiles del gobierno de Uribe. Combinaron algunas tácticas. Tentaron a los guerrilleros.

Quienes entregaran secuestrados serían jugosamente recompensados y podrían viajar a Francia, bajo condiciones especiales de protección. La otra fue crear un cerco humanitario. Filtrar comunicaciones, hacer contactos pequeños con los guerrilleros y también con los cuidadores. Romper la cuerda por el lado más fino. Negociar. Pero finalmente decidieron jugarse por dos planes. Uno: engañar a la guerrilla. Dos: contar con más de 30 helicópteros y 58 hombres que rodeaban el sitio.

La revista Semana contó que para engañarlos se les ocurrió inspirarse en la operación más sofisticada que jamás había hecho la guerrilla. “Fue la trampa que tendieron las FARC a los diputados de la Asamblea del Valle. Les hicieron creer que eran la autoridad y los estaban salvando de una situación de riesgo en el palacio de la Asamblea en pleno centro de Cali. Todos los funcionarios se subieron al bus sin oponer la menor resistencia y salieron de la ciudad. En realidad eran los guerrilleros que estaban secuestrándolos”.

Los militares sabían que el comandante César era el jefe que mantenía el mando de los secuestrados. Decidieron trabajar su ego: gracias a grabaciones con una voz doblada, le hicieron creer que Alfonso Cano le pedía en persona llevar a los secuestrados a otro sitio.

Él seguiría a su cuidado. Los llevarían en helicóptero. Nada de ello le extrañó, pues de la misma forma había procedido en ocasiones anteriores. De hecho, los militares se entrenaron para poner en escena el engaño. Israelíes les ayudaron a montar la operación.

César y Gafas, otro de los lugarte nientes, reunieron los tres grupos de secuestrados que tenían a su mando para llevarlos hasta el sur de Colombia. Los helicópteros eran del Ejército y los tripulantes, agentes de inteligencia.

En este libreto, que inspirará seguramente alguna película en Hollywood, ninguno de los guerrilleros que escoltaron a los secuestrados sospechó nada.

Por eso vieron partir con naturalidad a sus jefes y pudieron regresar a sus campamentos.

Íngrid Betancourt no cree, como lo dijo la Radio Suiza Romanda, que el rescate fue pagado por algún gobierno. La ex rehén habló de su rostro, de su mirada, del miedo que tuvieron los dos guerrilleros al verse desnudos y esposados. Y también dijo que sin ese golpe maestro, aprobado y seguido por el presidente Álvaro Uribe, gracias a la tecnología y a la audacia, quizá hubiera tenido que esperar algunos años más para volver a la vida.

LAS FARC
La guerrilla está al borde del jaque mate

¿Camino inexorable a la mesa de negociación o a la rendición? Después del oliverstoniano rescate del miércoles 2, en Colombia se atemperan los escenarios. Sin duda, la guerrilla recibió un jaque que forzará a replantear su futuro que muchos en Colombia esperan más político que militar. Volver a la guerra de guerrillas o a los bombazos urbanos —estrategias ya gastadas en la primera mitad de los noventa— sería un bumerán que los deslegitime aún más. Además, tras la muerte de Raúl Reyes, Iván Ríos y Manuel Marulanda, este ejército irregular ya no es tal. Información proveniente del computador de Iván Ríos muestra que las FARC son hoy frentes semi autistas y que su nivel de comunicación orgánica es casi inexistente. Por eso, hasta la afín Agencia de Noticias Nueva Colombia, desde Suecia, admite la salida política, cuando escribe: “Definitivamente el futuro de Colombia no puede ser la guerra civil (...). Es necesario llamar a las partes —guerrilla y Gobierno— a no echar en saco roto una oportunidad histórica”.

Entonces, ¿Alfonso Cano llevará a esa guerrilla a sentarse en una mesa de negociación? Tras el rescate de los 15 rehenes —que pone fin al secuestro como táctica de presión política de las FARC—, el dirigente que reemplazó a Tirofijo tendrá que capear un temporal de fisuras en el Secretariado. Eso vislumbra Carlos Jaramillo, comisionado de paz en el gobierno de César Gaviria, en su análisis para revista Cambio. Su reto mayor será mantener los nexos entre los frentes. Su panorama más extremo sería una desbandada que, ante la supremacía del Ejército colombiano, los volvería absolutamente vulnerables.

En esa línea, el Mono Jojoy, cabeza guerrerista y radical de las FARC, pudiera ser el siguiente blanco de los militares colombianos.

Cano sabe que parte de la estrategia pública de la desmovilización pudiera multiplicar el síndrome de Rojas —el jefe de seguridad de Iván Ríos que asesinó a su superior por una recompensa oficial—, lo cual haría de la desconfianza un agente autodestructivo. Máxime si, por sobrellevar la incomunicación de los frentes, el Secretariado apuesta por una descentralización de sus decisiones: aquello pudiera devenir en una serie de contraórdenes, sublevaciones o más deserciones —2 500 en el 2007—.

Así, la vereda es cada vez más angosta y parece conducir, inexorablemente, a un proceso de negociación. Esa es la conclusión de la Corporación Nuevo Arco Iris, que sigue el proceso de la guerrilla y las acciones del Gobierno colombiano hacia la paz, en un análisis para la revista Semana. “El nuevo Secretariado tiene ahora a varios miembros con estudios universitarios, un poco más modernos si se quiere —dice el texto—. Por ello las FARC podrían optar por realizar gestiones que conlleven la liberación de los militares y políticos que tiene aún en su poder con miras a un futuro proceso de paz”. Pero eso implicaría dar un paso histórico que, aun en plena euforia por el espectacular rescate de Íngrid Betancourt, nadie en el Palacio de Nariño ni entre los analistas del conflicto, se atreve a dar. Todos saben que las FARC están disminuidas, como nunca lo han estado en su historia, pero nadie subestima su capacidad de destrucción.

ÁLVARO URIBE
Él pudiera pasar de la guerra a la paz

Álvaro Uribe parece tener ángel. En un momento en el cual se opone a la Corte Suprema de Justicia , por las irregularidades que hubo en las elecciones del 2006 —la Yidispolítica—, reflota en la opinión y quita a las FARC el máximo trofeo político que tenían: Íngrid Betancourt. Es un golpe que lo catapulta, otra vez, como el máximo líder político que tiene Colombia y que lo erige en elector mayor de lo que ocurrirá en las elecciones del 2010. Uribe puede volver a correr. Pasarle el testigo a Juan Manuel Santos, su exitoso ministro de Defensa. Hacer binomio con la ex rehén de las FARC. O competir con ella.

Con el rescate de Íngrid Betancourt, el Presidente colombiano no sólo valida su línea de enfrentamiento militar con las FARC. Les quita el arma que tenían para negociar canjes supuestamente humanitarios: el secuestro de civiles y militares. Uribe corta la hierba bajo los pies a la guerrilla que contaba con la presión de los familiares y de gobiernos dispuestos, en casos, a negociar sin su consentimiento. Uribe gana así una partida doble: privó a la guerrilla de parte de sus comandantes, aceleró su crisis interna y la dejó sin los argumentos humanitarios que tanto había calado en organismos internacionales.

Ahora Uribe tiene ante sí un doble escenario favorable para sus tesis: puede incrementar la ofensiva militar y, de seguro lo hará. Pero también puede administrar sus ventajas y entreabrir la llave de una negociación política que está lejos de parecerse a las del pasado. El M-19 y el EPL se hicieron pensando en una Asamblea Constituyente, en reformas del Estado y en inclusión de los guerrilleros gracias a fórmulas de perdón y olvido.

Uribe aprendió, igualmente, de lo ocurrido sobre todo en el gobierno de Andrés Pastrana en el cual hubo despeje de un territorio, pliego de peticiones de la guerrilla (cada vez más nutrido y más inviable) y negativa, por parte de las FARC, a someter sus compromisos¸ a auditorias de países garantes. Su oposición a entregar zonas a la guerrilla se mantendrá. Así como su pedido de que den pruebas fehacientes y definitivas de que quieren negociar en una mesa de paz. En definitiva, Uribe ha logrado disminuir al máximo la capacidad de maniobra que tiene la guerrilla para negociar. Y ello se evidencia, igualmente, en el campo internacional donde posibles aliados, como Hugo Chávez, ya han recordado que el tiempo de las revoluciones armadas quedó atrás. Esto devuelve plenamente la iniciativa política a un Estado que la había perdido y pone en una encrucijada sin retorno a las FARC: decidir si aún creen posible llegar al poder por la vía armada o si, como pasó en América Central, se sientan a negociar mirando con nostalgia las agendas que en 1998 exhibieron en San Vicente del Caguán.

Uribe puede hacer la guerra y, recordando el espíritu del Plan Colombia, avanzar en un proceso de paz que debía llegar después de que la guerrilla fuera minada militarmente. Las FARC y los mensajes que envíen, marcarán sus tiempos. Pero parte de la opinión piensa que esa es una vía inevitable. Con la misma cabeza fría con la cual se concretó la operación Jaque —dice el diario El Espectador— se debe avanzar en la salida al conflicto de 44 años. Las FARC no gozan, sin embargo, del espíritu romántico que envolvió la desmovilización del M-19. La extorsión, el narcotráfico, los secuestros, los asesinatos, los ataques a la población civil dejan todas las dudas del mundo, en la opinión colombiana, sobre su vocación política.

No obstante, las FARC no serán liquidadas enteramente por la vía militar. Eso impone a Uribe tacto y tino para administrar la ventaja estratégica que ha logrado en todos los campos.

Primero tiene que recuperar a los 25 rehenes que aún quedan en la selva.

“Los rebeldes improbablemente serán tan fácilmente engañados otra vez — dice The New York Times, en su editorial del viernes 4— y un asalto masivo podría costar muchas vidas”. Por eso —dice el diario— el presidente Uribe debe privilegiar un proceso de estímulos para la desmovilización, amnistías, reinserción pública y quiebre de los circuitos narcofinancieros que oxigenan al grupo. En esa misma línea se pronuncia el diario El Espectador: es tiempo de aprovechar la debilidad de las FARC para adelantar un acuerdo humanitario “sin cegueras coyunturales”.

LA REGIÓN
Un coro urge a las FARC dejar la lucha armada

La operación Jaque produjo un tsunami en una región donde Álvaro Uribe dejó de ser el llanero solitario. Y donde la intervención unilateral de otros gobiernos quedó acotada por la propia Íngrid Betancourt, apenas se bajó del avión de la Fuerza Aérea Colombiana en la base bogotana de Catam. “La intervención de Chávez y de Correa es muy importante —dijo—. Son aliados en este proceso, pero bajo un condicionante: el respeto de la democracia colombiana”.

Chávez, en su línea de mutación política iniciada en junio —para evitar, entre otras cosas, una nueva derrota electoral en las próximas seccionales— recogió el guante. “Ya no es la hora de los frentes guerrilleros —insistió—. Estoy seguro de que casi todos los países de este continente estaríamos dispuestos a conformar un grupo de garantes de un acuerdo de paz”. En esa misma línea se pronunció Fidel Castro: “Nunca debieron ser secuestrados los civiles, ni mantenidos como prisioneros los militares en las condiciones de la selva. Eran hechos objetivamente crueles. Ningún propósito revolucionario lo podía justificar”.

Barack Obama, candidato demócrata, subió la vara al afirmar que no hay otra salida que la “derrota al terrorismo”. “Apoyo fuertemente —dijo a ANSA— la decidida estrategia colombiana de no hacer concesiones a las FARC”.

La sorpresa, sin embargo, vino por cuenta del presidente Rafael Correa. La tarde del miércoles 2 expresó su satisfacción por el rescate e inmediatamente dijo: “Que nos dejen en paz. Estamos hasta acá (señalándose la frente) de su conflicto”. Una salida poco feliz que morigeró al día siguiente: “exigimos a las FARC que liberen inmediatamente a todos los secuestrados que están en su poder, sin condiciones”.

Así, el eco internacional de las FARC se desvanece y, más bien, se activan exigencias, algunas con vehemencia, para la desmovilización. Para el presidente brasileño Lula da Silva, las FARC son retrógradas y las conminó a entrar a jugar políticamente en democracia.

Alan García, de Perú, fue más lejos. Jaque “es una afirmación de la democracia continental —dijo— y una bofetada a los extremistas del continente”.

El punto discordante lo puso Daniel Ortega. Por eso, en Nicaragua se activa una corriente de opiniones públicas que exigen al Mandatario revisar su actitud ante el movimiento irregular.

“El Presidente debe reevaluar esa identificación sin cortapisas —dijo Hugo Torres, diputado del Movimiento de Renovación Sandinista—. Mantener esa posición expone al país a la burla internacional”. Por eso Betancourt rescata la tesis de los países garantes de los acuerdos de paz, vinculantes a la guerrilla y al Gobierno. Eso pidió, inicialmente, a Hugo Chávez, a Rafael Correa y a Cristina Fernández de Kirschner.

Una tesis que las FARC, históricamente, han rechazado para no someterse a una rendición de cuentas.

Mientras se reconfigura el tablero regional, entre alianzas y golpes de pecho, EE.UU. y la Unión Europea, ya sin la susceptible condición que representaba el ícono Betancourt en cautiverio, pisan el acelerador en procesos judiciales contra miembros de la organización a la que seguirán considerando terrorista. Javier Solanas, alto representante de la Unión Europea para la Política Exterior, dio el golpe de gracia: denunció el final de los secuestros y la violación de los derechos humanos como instrumento político de las FARC en sus exigencias de canjes.

El presidente Nicolás Sarkozy, explorando líneas de apertura, dijo que Francia podría acoger a los guerrilleros que se desmovilicen. Así, dentro y fuera de casa, las FARC se topan con más puertas cerradas y con una procesión de arrepentidos. Su campaña de prestigio internacional, una de sus últimas boyas para una negociación, se desinfló.