REVISTA VANGUARDIA
Las cortinas de humo del G8
| Las cortinas de humo del G8 |
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| Revista Vanguardia | |
| martes, 15 de julio de 2008 | |
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Fue el último G8 para George W. Bush. Su postrer oportunidad para no pasar a la historia como el presidente de los Estados Unidos más renuente a concretar acciones contra el calentamiento global. En sus espaldas pesará el no haber firmado el Protocolo de Kyoto. Por eso, la reciente cita del club de las potencias —celebrada en Hokkaido, Japón— sólo le sirvió para tomarse la foto oficial. Como es ya costumbre en las megacumbres, las agendas que pesan no se tratan sobre las mesas oficiales de negociación, sino en los pasillos y tras bastidores. La cita que se inició el martes anterior no fue la excepción. Los micrófonos ya no se dirigieron a los discursos sobre la postergada lucha para la reducción de los gases tóxicos. Entre la necesidad de acuerdos para frenar la debacle ambiental y las propuestas efectivas mediaron cortinas de humo cuyo epicentro está en las tensiones políticas de Lejano Oriente, en especial las de China, Japón, India y las Coreas. La atención, así, se centró inicialmente en la reunión que mantuvieron el primer ministro japonés Yasuo Fakuda y George W. Bush. En ella, el tema fue Corea del Norte, en un escenario donde los intereses proselitistas de los republicanos levantan polvareda en el ámbito de las relaciones EE.UU.-Asia. Fakuda dejó entrever su inconformidad por la reciente decisión de Washington de retirar al régimen norcoreano del llamado eje del mal, tras la aceptación de Pyongyang a las negociaciones para el desarme nuclear. Una medida que John McCain, candidato a la Casa Blanca, enarbola como un éxito en geopolítica anotado por su coideario Presidente y que, ante el fracaso de las operaciones en Iraq y Afganistán, subraya como un ejemplo de pericia diplomática. Bush simplemente corroboró que, a pesar de los mensajes gubernamentales, la última declaración nuclear de Corea del Norte requiere “una verificación firme”. El punto de convergencia entre los dos líderes fue el compromiso a no olvidar la lucha internacional para recuperar a los ciudadanos japoneses secuestrados en Corea del Norte. Superada la primera cortina de humo, fue tiempo de los mea culpa. Entre ellos constarán las declaraciones de Bush Jr., en las cuales aceptó que la economía estadounidense no crece de la forma “robusta como quisiéramos”. Es decir, apostando por vertiginosos procesos industriales, agresivos programas de explotación petrolera en aguas océanicas protegidas, más compra de hidrocarburo, nuevos programas civiles de uso nuclear, etc. Todo esto mientras el globo terráqueo sigue herido de muerte por gas carbónico. Esta vez, eso sí, y casi como una patada de ahogado, se fijó una meta para llegar a tener una sociedad libre de carbono. Para el 2050 las naciones deben reducir a la mitad la emisión de gases. Y aunque este hecho no tiene precedentes, India y China son las grandes economías emergentes que no quisieron firmar la medida. Su postura, aunque suena a chantaje, es clara: hasta que países como EE.UU. tomen medidas más agresivas contra la polución en la próxima década, no habrá compromisos compartidos desde Asia. La visión de la meta trazada es más un hecho simbólico que una realidad. El gobierno de Sudáfrica rechazó el acuerdo. Lo consideró una “regresión de lo que se esperaba como una contribución importante para afrontar los desafíos del cambio climático”. Una posición similar adoptó el grupo ambientalista Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), que participó, en la ciudad vecina de Sapporo, en las manifestaciones contra la cumbre. “El G8 es el responsable del 62 por ciento de la acumulación de dióxido de carbono en la atmósfera y por lo tanto la mayor parte del problema —dice un comunicado del WWF—. Encontramos patético que con este acuerdo todavía eludan su responsabilidad histórica”. Según The New York Times, la cita no fijó el alto a largo plazo de las emisiones de gases y lo que el presidente George W. Bush intenta es salvar responsabilidades en el tema del cambio de clima después de años de presión internacional. “Éste es un gran momento para un hombre que cuestionó a la ciencia sobre el tema del calentamiento global, que se opuso a tratados internacionales”, escribió el analista Philip Clapp. Porque los países que armaron la declaración, juntos, son responsables de más del 80% de las emisiones de todos los gases, incluido el CO2, que asfixian y calientan el planeta. Finalmente los miembros del G8 corrieron esta nueva cortina. Pues, casi como una utopía, se esperaba que la cumbre apuntalara más hechos concretos para la reducción de emisiones y que se impulsen las negociaciones para un nuevo marco que vaya más allá del Protocolo de Kyoto, debido a que su alcance concluirá en el 2012. Así, en la recta final del encuentro hubo varias bifuraciones: el posible condicionamiento de Japón a su participación en los Juegos Olímpicos de Pekín, el alza en los precios de los alimentos y del petróleo, los controvertidos biocombustibles, las promesas incumplidas de ayuda a África, la situación de los países más pobres, así como la posición del grupo hacia el régimen de Irán. “No es la esperanza por los resultados lo que rodea a la cumbre —dice la BBC en su sitio web— sino el escepticismo y no sólo de los miles de activistas que llegaron ya a Japón para protestar contra este club de países ricos”. Las reacciones mediáticas no han demorado. The Financial Times y la revista The Economist, por ejemplo, propusieron ampliar el G8 a G12 para que Brasil, España, India y China integren el grupo que, según las publicaciones, ha dejado de ser pragmático y transparente. Por eso, casi en un coro sarcástico, los medios que cubrieron la cita en Japón anotaron que los líderes del club de las potencias sólo tuvieron un pretexto para festejar: el cumpleaños de George W. Bush el domingo pasado. |








