REVISTA VANGUARDIA
La diplomacia vetusta e inviable de la mala cara
| La diplomacia vetusta e inviable de la mala cara |
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| José Hernández | |
| martes, 15 de julio de 2008 | |
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El Presidente quiere un gobierno "decente" en Colombia para renovar las relaciones. Pueden pasar lustros sin que este capricho se cumpla... El Presidente es un hombre optimista: decidió que las relaciones diplomáticas con Colombia serán restituidas cuando en la Casa de Nariño haya un gobierno decente. Y, claro, decente según sus análisis y su escala de sus valores. Es decir, que los dos países regularizarán sus relaciones cuando el electorado colombiano coincida con las expectativas del presidente Correa. Pueden pasar lustros. Lustros de un distanciamiento entre dos países, con lazos ricos e indisolubles, auspiciado no por una posición moral sino por un capricho. Y un capricho con alto ingrediente electoral y una exigua perspectiva de lo que son las relaciones internacionales contemporáneas. ¿Qué país escoge a sus vecinos? ¿Qué país puede darse el lujo de establecer el perfil ideal de interlocutor que quiere tener del otro lado de la mesa? ¿Qué presidente, en qué parte del universo, puede anteponer sus antipatías personales a las realidades geopolíticas que interesan a su país? Todo esto muestra que la Cancillería no pesa en absoluto en el pragmatismo que debe primar en la conducción de la política exterior. Y que hoy está reducida a ser la vocera de posiciones que se toman únicamente en Carondelet. Hay política exterior cuando, frente a la agresión colombiana, el país logra una condena por parte de la comunidad latinoamericana y de otras instancias internacionales. Hay capricho cuando, una vez obtenidas las excusas requeridas, se mantiene la herida abierta y no se descarta agravarla con supuestas represalias de tipo comercial. Una amenaza sin sentido y que en el mejor de los casos lo único que hubiera podido producir eran resultados nefastos también para la economía nacional. ¿Por qué fue proferida? Hay capricho cuando, en vez de examinar los hechos, se especula con lo que hubiera podido ser y no es. Álvaro Uribe no le cae bien al presidente Rafael Correa y, probablemente, lo contrario también sea verdad. Los dos sin embargo son populares en sus países. Álvaro Uribe es el presidente que se han dado los colombianos y, tras el rescate de Ingrid Betancourt, su aceptación es tan alta (más del 90 por ciento) que desmotiva cualquier análisis político. Uribe es en Colombia el resultado de la obstinación guerrillera para no llegar al acuerdo político propuesto por mandatarios que le antecedieron. El electorado se cansó de tender la mano y de obtener, a cambio, secuestros, extorsiones, minas antipersonales y bombazos. Eso es tan real como decir que la guerrilla fue, hasta hace un par de décadas, la consecuencia de la desidia de unas élites que no querían, en lo político, en lo económico y en lo social, abrir el sistema y realizar reformas estructurales de fondo. La guerra no la ganará Uribe ni se resolverá por la vía militar. Pero la negociación política no se decreta: surge cuando las partes la quieren. Y en el caso de la guerrilla no se dará si no producen señales inequívocas ante los colombianos, de querer, en serio, dejar las armas y la violencia. Hasta entonces, el electorado seguirá votando por Álvaro Uribe u opciones parecidas, por crudas que sean. ¿Uribe no es santo? Pocos deben serlo en la política colombiana inmersa, desde hace un siglo, en guerras políticas y guerras contra el narcotráfico. Guerras que no han producido excesos verbales sino legiones de muertos. La realidad dice, sin embargo, que en política se negocia con quien está democráticamente en el poder, no quien más realiza actos de caridad. Uribe es con quien Ecuador tiene que entenderse y mientras mejor se haga (es el oficio de los diplomáticos) tanto mejor para la economía y la buena vecindad entre los dos países. Por eso, desde hace largos meses se dijo —y se dijo pensando en los dos presidentes— que la peor diplomacia era la del micrófono. Su rédito se mide en los sondeos pero no en las condiciones reales de poblaciones que ven en este distanciamiento un caldo de cultivo para las peores lacras. La xenofobia es una. Lo más responsable en este asunto no es la mala cara sino la buena negociación. Aquella que salvaguarda el interés del país a pesar de que Correa no quiera a Uribe. Y viceversa. |









