INICIO arrow REVISTA VANGUARDIA arrow La pobreza conceptual de la campaña por el No arrow arrow arrow
La pobreza conceptual de la campaña por el No PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
miércoles, 06 de agosto de 2008

Volver un siglo atrás, guarecerse tras tesis retrógradas cuando se trata de defender libertades, muestra una oposición sin ideas.

 

La campaña por el No es, por ahora, la madre de todas las penurias.
Políticos viejos y jóvenes, medios (también algunos medios), sectores gremiales se adhirieron a las sotanas más lujosas de la Iglesia católica y a los pastores más fogosos de la evangélica.
Volver un siglo atrás para escudarse tras las tesis más retrógradas, cuando se trata de procesar las nuevas libertades individuales, mostró que gran parte de la oposición a Rafael Correa y a su Constitución sigue sin ideas. Y sin estrategia. Y, de paso, volvió a probar que los liberales, aquellos que se dicen liberales, solamente lo son cuando hablan de macroeconomía y de mercado. Al individuo lo conciben con libertades del siglo XIX. Entre esos liberales y Rafael Correa no hay, en ese campo, mayores diferencias.
Hay penuria, entonces —penuria política y conceptual— cuando, para encarar la Constitución de 444 artículos, el país discutió, casi una semana, de temas que pertenecen al fuero interno o hacen parte (pero así no se trató) de la salud pública. Temas que han ganado mucho espacio en otras sociedades que no han abandonado, en el ámbito religioso, ninguna de sus tradiciones. Allí no está lo esencial de una Constitución fabricada para un régimen cuyos dirigentes máximos siguen anclados en concepciones alarmantes: desprecio por el equilibrio de poderes y el ejercicio democrático real y una pasión desenfrenada por el hiperpresidencialismo y la concentración del poder. Y sobre todo un maltrato a las leyes y reglas, incluso las que salieron de sus computadoras: se ve en el régimen de transición inventado y sin asidero jurídico que lo convalide.
Hablar del aborto (en abstracto) cuando este proyecto de Constitución no variará en nada las prácticas (esas sí reales y dolorosas para miles de mujeres) que hay en el país, es hacer gala de una hipocresía insultante. Guarecerse tras las iglesias para disputar espacios de libertad al poder —porque de eso se trata— es un ejercicio que atenta contra la escasa cultura democrática que, según algunos barómetros, hay en el país. Esto prueba que los opositores o decepcionados del régimen, siguen sin saber cómo encararlo políticamente. Algunos porque esperan el líder mesiánico que haga frente al Presidente. Otros porque les es imposible pensar más allá del resultado del referendo del 28 de septiembre.
Lo cierto es que no es la Iglesia la responsable de que el régimen esté remando a contracorriente. No porque su derrota esté asegurada en el referendo sino porque su victoria es incierta y pudiera ser estrecha. El No y la resistencia que se observa en los voto s nulo y blanco, son muestras, siempre volátiles, de que el régimen lucha contra factores que no puede concretar en nombres. O en caras. Eso significa que la posibilidad del No, que preocupa a la cúpula del régimen, no tiene ni tendrá dueño. Como el forajidismo en su momento. Y que algunos de los factores que jugaron a favor del Presidente están perdiendo atractivo entre los electores. Uno, por ejemplo: ayer el régimen pulsaba emociones y percepciones y, sin mayores preguntas por parte de los ciudadanos, sumaba seguidores y votantes. Hoy ya no le basta prometer y ofrecer. Tiene que sopesar las certezas y las decepciones que ha generado su acción de gobierno. Hasta hace unos meses su capa de teflón lo hacía invulnerable. Hoy da muestras de desesperación y de fragilidad. A tal punto que la declaración de un prelado lleva al Presidente a abrir un frente en un sector que el propio Stalin temió. Ese dictador preguntó cuántas divisiones (en términos militares) tenía la Iglesia y qué reacciones podía suscitar.
El fenómeno político que vive el país es rico por su complejidad. El Presidente tiene problemas porque no sabe cómo procesar las resistencias que, en forma anónima, siente en los sondeos. Y los amigos del No siguen, tras dos años de correísmo, pasmados ante el chuchaqui de la derrota. Los dos extremos conocen límites que nunca tuvieron. En ese atolladero, donde se juega el cambio con equilibrio de poderes y democracia, nada tienen que hacer las iglesias. No hay libertad con piolas, por divinas que sean.