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El régimen cambia individuos por masas PDF Imprimir E-Mail
Juan Carlos Balarezo   
martes, 12 de agosto de 2008
El proyecto de Constitución desnaturaliza derechos y libertades. Los supedita al deber de un Estado, sesentero, provee dor de bienestar.

Estamos volviendo a considerar al individuo dentro de una masa. Un individuo que, dentro de sus derechos y libertades, queda subordinado a un Estado proveedor de bienestar individual y colectivo. Un individuo que es una suerte de cifra para una movilización, o un voto, como en la vieja retórica de la izquierda latinoamericana de los años sesenta.

El reciente proceso constituyente posicionó, en primera instancia, temas que vislumbraban mayores derechos y libertades individuales —como las posibilidades del derecho al aborto, el reconocimiento a las uniones civiles entre homosexuales, el derecho al placer, el respeto a los diversos cultos y pensamientos políticos, el rechazo al terrorismo, etc.—. Pero la recta final de la Asamblea, a partir del 18 de julio, proyectó cambios, aún no explicados, que enrarecieron el debate público y ante los cuales la opinión social, desde la pasividad, pareciera relegar la oportunidad de viabilizar una Carta contemporánea.

El régimen, entonces, ha instrumentalizado un cruce entre Estado y masas, del cual se desprende una polarización que escamotea el ejercicio plural de una ciudadanía, en tanto reduce los temas públicos a lo ideológico. ¿Cuáles son las consecuencias? Una sociedad que aún reproduce matrices clasistas, gremiales o sectarias y que, en esa medida, no asume un reconocimiento colectivo y dialogante de las individuales.

Frente a la Constitución que nació en la Asamblea Nacional de 1998, el proyecto que será consultado el próximo 28 de septiembre sí evidencia una evolución jurídica en cuanto a vislumbrar nuevas estructuras y correlación de fuerzas políticas. No obstante, en lo que respecta a derechos individuales y sociales no hay cambios radicales prometidos dentro de esa iconografía de la revolución ciudadana y la patria de todos. Hay, más bien, un articulado arbitrario por el cual el Estado, como en Un mundo feliz, involucra la vida de los individuos al proyecto del régimen de turno, a partir de financiar su bienestar.

Por ende, ese proyecto de una nueva ciudadanía con nuevos derechos está en ciernes. Y uno de sus ejemplos más elocuentes es, quizá, el manejo del tema de Dios en los debates finales de la Asamblea Constituyente. Esta polémica es el espejo de unas élites que intentan viajar a la posmodernidad, pero que se transportan en vehículos viejos desde los cuales cifran en los credos un poder desmedido. Ese debate no es un tema público, insistir en él atenta contra las libertades individuales, donde nada se puede normar. Nos falta, entonces, dialogar sobre ello y sacarnos la máscara. Y ahí se ven los matices sobre la política. El régimen y buena parte de la sociedad no la entienden desde lo público, sino como espacio de manipulación. Así, aquella sociedad de masas, sin individualización concreta de los derechos, es blanco fácil de imposiciones normativas. El riesgo es que regresemos a ser una sociedad moderna, del deber ser, decimonónica, que sea intolerante ante las diversidades. Pero como tenemos una cultura política de emulaciones —neoliberalismo, economía social de mercado, socialismo del siglo XXI— no combatimos, constitucionalmente, arcaicos conflictos raciales, de género, de tolerancia política.

Afortunadamente, dentro de lo polarizado que pueda estar el país, sí se han generado conciencias ciudadanas, especialmente desde la juventud. Lo digo en razón de mi experiencia como docente en un colegio de élite, en uno de clase media y en otro fiscal, los tres de la capital. Entre los jóvenes hay mayor conciencia de sus libertades individuales y más expectativas de veeduría. Ellos tienen ahora mayor información sobre sus garantías constitucionales y, por sus estrategias de convocatoria, harán una contraloría social.

Por eso hay que observar el desenvolvimiento del régimen en cuanto a leyes orgánicas que den viabilidad a las normas de la nueva Constitución. Si el cambio era hacia una sociedad de los individuos, el régimen no hace buena pedagogía. Con un Ejecutivo que acumula poderes, el consenso social es una quimera. Sin embargo, esa radicalidad pudiera ser un tiro por la culata.