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El combo de chéveres que gobierna el país PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 12 de agosto de 2008
Los académicos que gobiernan comparan lo que hacen con las ideas que tienen de sí. Es la lógica de aquel que toca el cielo con la mano.

Ricardo Patiño tiene, cuando quiere, el don de la sinceridad: dijo que, de aprobarse el proyecto de Constitución, el oficialismo tendrá más poder. Ese es un hecho que el Presidente, su círculo, su buró y sus asambleístas, se han esforzado en negar.

A partir de ahí, sin embargo, el Ministro Coordinador de la Política tejió, para él y sus amigos, un manto eufemístico sobre el poder, su sentido y su uso. Celebra que sean él y sus amigos quienes tengan el poder. Porque ellos saben para qué es el poder, no lo han usado mal y lo van a utilizar muy bien. Es más: Patiño se sorprende de las cosas que hubieran podido haber hecho teniendo una Asamblea de plenos poderes. Y se regocija de que no las hayan hecho. Lo cual no sólo tranquiliza a quienes lo oyen sino que los deja sin sistema inmunológico ante la evidencia que en siete semanas pudiera ser una realidad: van a tener todavía más poder si el país aprueba el proyecto de Constitución.

¿Más poder? Patiño obliga a buscar referentes de comparación. ¿Más poder que cuando no había Congreso ni organismos de control? ¿Más poder que cuando había Fiscalía vinculada y Asamblea Nacional propia? ¿Más poder que cuando se hacían contratos a dedo? Sí, más poder. Y el grupo que tendrá ese poder, es el mismo que antes desestructuraba el poder de otros, analizaba su sentido y su uso. Entonces lo hacían, en la Academia, no solamente diseccionando lo que hacían los detentadores del poder. También leían. También admitían que el poder no era bueno concentrarlo sino repartirlo. Y fiscalizarlo. Y crearle contrapesos. Y alternativas. Entonces pensaban sobre el poder. Hoy lo ejercen. Antes recurrían a marcos teóricos para dilucidar las lógicas del poder. Hoy son ellos los marcos conceptuales. El poder que ejercen no está referido, entonces, a paradigmas teóricos en los cuales el apunte de Patiño —más poder— debiera representar un enorme problema. No.

Los académicos que gobiernan comparan lo que hacen en el poder con las ideas que tienen de sí mismos. Y en esa comparación salen muy bien parados: son honestos, sacrificados, desprendidos, serviciales... son gente chévere. Y sí, puede que lo sean. Algunos lo son. Pero el poder, su sentido y su uso no pueden ser concebidos, peor teorizados, por el grado de cheveridad de quien, eventualmente, lo ejerce. En ese sentido, es un despropósito que el poder, y más aun el poder todopoderoso, se otorgue diplomas de buena conducta. En ello sólo se observa un ejercicio de regodeo; lejos del decantamiento teórico a que están obligados aquellos que, en condiciones democráticas, reinventan procesos de decisión, de gobierno, de responsabilidad pública.

¿Qué han hecho, en ese campo, Ricardo Patiño y sus amigos? Han gobernado ante el vacío. Se han acostumbrado a estar solos ante sí mismos. Han acumulado un poder desmesurado y ahora anuncian que tendrán más. Y que no hay de qué preocuparse porque si se trata de ellos, el país está en buenas manos... Pocas veces, un político ha dicho tanto en tan pocas líneas. Y con tanta sinceridad. Ricardo Patiño, un hombre chévere, resumió palmariamente la visión que tienen del poder. No recrearlo, no devolverlo a los ciudadanos. Acumularlo. Y hacerlo sin preocupación porque ellos se conocen y, supuestamente, meten la mano al fuego los unos por los otros. Y así hicieron la Constitución pensando en que Rafael Correa es, a sus ojos, el tipo más chévere, más dinámico y más honesto de Alianza País. ¿Para qué, en ese caso, pensar en crear contrapesos reales y organismos de control absolutamente independientes? No hay necesidad: el país está ante un combo de chéveres. Eso explica, para no tomar sino un ejemplo, el régimen de transición que resulta indelicadamente amarrado.

La dimensión política y teórica que acaba de dar Ricardo Patiño sobre el poder, su sentido y su uso asombra pero no extraña: es la lógica de quien al fin toca el cielo con la mano. En ese ejercicio de regodeo desquiciador que implica el poder, resulta impropio pensar que ese poder es una mercancía prestada y perecible.