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El régimen mercadea visiones decimonónicas PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 19 de agosto de 2008
El Presidente perdió una guerra: se unió, en los hechos, a aquellos que entierran el interés público para salvar viejas concepciones... José HernándezLa cúpula episcopal ya ganó la batalla política a Acuerdo País:

Lo puso a defender, en forma abierta, masiva y recalcitrante, la ideología que, en sus propias filas, es considerada la más retardataria de la sociedad sobre el individuo y sus (nuevos) derechos. Con cuñas, discursos, cadenas, ruedas de prensa, boletines... el Gobierno y la maquinaria estatal dicen lo que la Iglesia —las iglesias— sólo predicaban en sus púlpitos: que la vida se debe garantizar desde el primer nanosegundo...

Ese cambio, para un gobierno que se dice revolucionario, es mayúsculo. Lo que dicen Rafael Correa y sus coidearios es que la Constitución que, oyéndolos, cualquiera creía que sería innovadora en derechos para los ciudadanos, dio un gran salto hacia atrás. No abre las puertas —dicen ellos— para que las mujeres ya no vivan el horror que pone en escena Cristian Mungiu en "Cuatro meses, tres semanas y dos días". Así esta llamada revolución muestra que su capacidad de vuelo en derechos ciudadanos, es bien baja.

El régimen no combate —como dice— a los jerarcas católicos. Les da la razón. Promueve, con dineros públicos, una visión contraria a la concertación política que se cocinó en su propio movimiento. El Presidente aceptó que el artículo 45 fuera dividido en dos. Y sabe que el artículo 66 numeral 10 fue producto del debate interno que él perdió. Lo perdió porque el 1 octubre del año anterior había declarado que no admitiría una constitución que contenga el aborto y que sería el primero en hacer campaña en su contra. Lo perdió porque sus principales aliados —Ruptura de los 25 y Alternativa Democrática— le hicieron saber que los grupos que ellos representaban habían luchado durante décadas y no estaban dispuestos a reconocer como suyas las posiciones de Rossana Queirolo y Diana Acosta. Entonces no aparecían Antonio Arregui ni los pastores evangélicos que consideran a los homosexuales como enfermos a los cuales hay que curar…

El Presidente, en un gesto que le honró, entendió que una cosa eran sus convicciones personales (totalmente conservadoras) y otra el manejo de la cosa pública. Y que ese ámbito no se atiende recitando máximas religiosas sino mirando la realidad nacional de frente. ¿Y qué dice esa realidad? Que hay miles de mujeres que, sin permiso de la ley y sin bendición de los obispos, abortan.

Y que lo hacen en condiciones tan inadmisibles y tan peligrosas que no se entiende cómo este gobierno pretende frotarse las manos por salvaguardar el credo religioso mientras esas miles de conciudadanas se exponen a morir. ¿Esto lo conocen los exaltados sacristanes que hacen equipo con el Presidente? Lo sabe, en todo caso, la Conferencia Episcopal que vio surgir, en el curso de este debate, dos corrientes en su seno: una que quería hacer de este asunto un tema de confrontación con el Gobierno (esa línea se impuso) y otra que, en forma pragmática, sabía que con guerra o no con el gobierno, los abortos continuarán en el país.

Correa y su grupo se unieron en los hechos a aquellos que creen que no importa enterrar el interés público con tal de conservar impolutas las viejas concepciones. Porque es obvio que el gobierno en vez de promocionar los avances que hay en la Constitución —en ese punto o en el de los gays— decidió negarlos y hacer coro con los grupos más retardatarios del país.

El Gobierno no sólo perdió la pelea. Ahora se asemeja a la vieja derecha que siempre consideró, en teoría por lo menos, que debía transformar la economía y la política, pero no ampliar los derechos ciudadanos. El Gobierno sepulta, de esa manera, en forma indecorosa, los acuerdos que logró en sus propias filas y que parecían destinados a forjar nuevas políticas públicas en un asunto clave para las mujeres. No sólo eso: impuso silencio a las franjas más progresistas que hay, en esos temas, en Acuerdo País. La prueba es que Manuela Gallegos no dice que su boca es suya en ese tema. Lo mismo hacen María Paula Romo, Alexandra Ocles, Betty Tola, María José de Luca, Tania Hermida… Correa y los suyos más papistas que el Papa: nadie lo había imaginado.