REVISTA VANGUARDIA
Entonces, ¿la violencia ahora es de todos?
| Entonces, ¿la violencia ahora es de todos? |
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| Revista Vanguardia | |
| martes, 26 de agosto de 2008 | |
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¿Revisarán el presidente Corr ea y su gobierno su discurso de confrontación que puede degenerar, ahora se ve, en trifulcas y heridos?
Una trifulca y policías en un predio universitario reprimiendo a estudiantes opuestos al régimen. Una imagen: jóvenes heridos y pateados. Una maniobra: profusión de videos para endosarse la culpa. Una cadena oficial: predecible, pobre, descalificadora y políticamente absurda: obsesionada en probar hasta lo imposible. Si se devuelve la película, ¿qué es lo que se ve? Que el Presidente de la República pronuncia la frase. Que, con razón o sin ella, se siente atrapado en un recinto universitario. Que la Policía improvisa una salida a golpes. Que el régimen, en vez de decantar lo ocurrido, convierte sus yerros en material de mercadeo político. Los errores empiezan por el Presidente. Quizás él no ha seguido, en los textos, la gran polémica política y filosófica entre Jean Paul Sartre y Albert Camus sobre el autoritarismo, la violencia, la relación entre ética y política... Ese debate, que se dio hace más de medio siglo, sigue siendo una pieza clave para encarar las actitudes políticas que pueden conducir, entre otras cosas, a armar, con discursos, manos ajenas. En ese plano pueden encontrarse los intelectuales y también —y sobre todo— los gobernantes. El Presidente no verá —porque hasta ahora no ha visto— relación alguna entre sus frases y la trifulca. Las pronunció sentado, tranquilo, sonriente. En la trifulca hubo golpes, gritos, sangre. Poca sangre, por fortuna. ¿Pudo ser peor? Pudo serlo. Nadie controla una turba enardecida. Pero así como el Presidente no establece relación alguna entre lo que dijo y lo que pasó, tampoco su entorno ha dado el mínimo asomo de lamentar lo ocurrido. ¿Se puede interpretar, entonces, que lo sucedido en la Universidad Católica de Guayaquil es un hecho normal en el libreto que maneja el régimen para esta campaña? Cualquier demócrata, y cualquier demócrata de la izquierda progresista, entendía, hasta ahora, tres realidades del país: que uno de los mayores activos nacionales es la paz y la capacidad de manejar los disensos en forma pacífica. Dos: que la lógica del garrote era patrimonio de grupos de extrema derecha y del MPD. Tres: que si el Estado tiene el monopolio de la fuerza, una de sus obligaciones es planificar su uso para evitar la improvisación y la politización de la fuerza pública. Pues bien: el régimen, lejos de asumir la responsabilidad que tiene en el hecho, decidió sacarle partido político: trasladó la entera responsabilidad a cincuenta jóvenes que, luego, redujo a veinte. Y llamó la Universidad a sancionarlos. ¿Penalizará a los policías que, en forma evidente, se excedieron en su labor? Y más exactamente: ¿Revisará su discurso de confrontación que puede degenerar, ahora se ve, en enfrentamientos y heridos? ¿Alguien puede dudar, en efecto, de que un discurso de polarización, repetido al infinito, no se traduzca, a la larga, en manos armadas, con lo que sea, dispuestas a enfrentar, como sea, a sus adversarios? Es absurdo que un gobierno quiera endosar un hecho de orden público, en el cual estuvo inmerso el Presidente, a un grupo de muchachos. ¿No tiene servicios secretos, policías, militares y cuerpos especializados de seguridad a su disposición para prevenir ese tipo de acontecimientos? ¿Se puede asumir como lícito que el Presidente se mueva por el país en forma tan casual y tan informal que dependa, para su plena seguridad, del concurso de sus partidarios convertidos, según los humores, en garroteros de turno? ¿Qué hace su inmenso servicio de seguridad cuya labor no es, precisamente, patear a los ciudadanos sino evaluar y prevenir situaciones de riesgo? Con Fernando Bustamante a la cabeza de la Policía se podía esperar que esa institución garantizara a los ciudadanos, del bando político que fueren, el pleno ejercicio de sus libertades. Y una de ellas puede ser estar en contra del gobierno de turno. Las explicaciones oficiales —y no es la primera vez— hacen temer que también la Policía se vuelva hincha de las causas del Ejecutivo. Por esa vía, ojalá no haya que decir, en esta campaña, que ahora sí la violencia es de todos. |








