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Vanguardia 50 - Septiembre 5, 2006
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| José Hernandez | |
| martes, 05 de septiembre de 2006 | |
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El Presidente con su silencio ha dejado que se extiendan en el país mantos de malentendidos, verdades a medias y rumores. ¿Por qué? Cada día el país conoce menos a su Presidente Extraño. Resulta sorprendente, en efecto, comprobar que al cabo de 17 meses de gobierno, el país no conozca a su Presidente. Ni lo entiende ni lo intuye. Tras sus empeños para hacer una reforma política –todos fallidos por errores suyos–, Alfredo Palacio se volvió un gobernante enigmático, distante y hermético. Un hombre que decide sin que el país sepa cuál es su norte ni cuáles son las motivaciones que lo llevan exactamente a rodearse de algunos personajes y a prescindir de otros. El Presidente ha dejado que se extiendan alrededor suyo, y de su gestión, mantos de malentendidos, verdades a medias, elucubraciones y rumores. El despido del ministro Oswaldo Jarrín, nunca explicado a la opinión, es apenas el último capítulo de esa actitud impenetrable. La suma de amigos presidenciales que llegaron al poder y luego se fueron, diciéndose traicionados, es amplia. El número de funcionarios destituidos sin explicación alguna conforma una vasta letanía. Palacio asumió la rotación como un hecho incuestionable sin advertir que de esa forma agravaba la improvisación en la administración y la ausencia de reales políticas públicas. El problema no es solo ese: a su gobierno llegan ministros que prometen seguir las políticas de sus predecesores. Es decir, desde el gobierno se han nutrido sospechas que conducen siempre al mismo interrogante: ¿Por qué los cambia? ¿Hay un problema de políticas y, en ese caso, cuáles son? ¿O los ministros de Estado sólo dependen de los cambiantes humores presidenciales? Saber por qué se van los ministros, además de ser un derecho, permite que los ciudadanos comparen actitudes con objetivos, discursos con resultados. Es lo que acaba de hacer Galo Chiriboga en Petroecuador. Despidió a los vicepresidentes porque su perfil y sus acciones no correspondían, dijo el ex Ministro de Trabajo, con las metas que se fijó en la estatal. Chiriboga explicó que no le daban informes y se perdían en una maraña de pretextos para frenar su tarea. Ahí radica el fondo del problema. ¿Qué esperaba exactamente el presidente Palacio del ex Ministro de Defensa? ¿Y qué hizo mal Oswaldo Jarrín, el ministro estrella y el hombre fuerte del régimen durante casi toda su gestión? Jarrín hizo la tarea, actualizó el Libro Blanco, se entendió casi siempre con el Canciller y perfiló los nuevos senderos de defensa y seguridad. ¿A Palacio sólo le molestó que se hubiera extralimitado al sugerir que se haga una enérgica protesta contra Colombia por el artefacto que, viniendo de allá, causó heridos en el país? ¿O ese fue el detonante? ¿Y detonante de qué? El Presidente con su silencio está alimentado dos impresiones: la opacidad de su administración y la insubstancialidad de su gobierno. En el primer caso, no se conoce por qué el Primer Mandatario mantiene a su alrededor personajes que han sido abiertamente cuestionados. Lo cual no ocurrió, por ejemplo, con el general Jarrín. ¿Cuál es, entonces, la escala de valores con la cual el Mandatario juzga a sus colaboradores? En el segundo caso, el Presidente con su silencio muestra que le interesa mantener a buena distancia de su labor a la opinión. ¿Por qué? ¿Qué pasa en su Gobierno que no pueda ser comunicado por su vocero oficial? Lo grave es que esa supuesta insubstancialidad parece haber ganado terreno. En todo caso los presidenciables que antaño hacían campaña contra el gobierno de turno, ahora exageran en la dirección contraria: han olvidado a Alfredo Palacio. Y a su Ministro de Finanzas. Y al Ministro de Energía, quien ha encontrado en su aparente intrascendencia la mejor arma para sobrevivir. Y al haberlos olvidado, los aspirantes a Carondelet no se preocupan del manejo enestos últimos meses de los recursos públicos. Así se llega a realidades casi macondianas: la de un Ejecutivo que no da cuentas al país de lo que hace y la de unos aspirantes a reemplazarlo que no se alarman en absoluto por las consecuencias que esto produce en la administración. Nadie se queja. Ni Enrique Proaño, su vocero, que sí se comunica con la opinión para decir que (a pesar de la falta de trabajo) no ha renunciado y que se quedará hasta enero... |








