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Correa, por Felipe Burbano de Lara PDF Imprimir E-Mail
Fernando Rivera   
jueves, 28 de septiembre de 2006
Para los que no tuvieron la oportunidad de leer el editorial de Felipe Burbano de Lara en el periódico Hoy sobre Rafael Correa, les republico el texto a continuación....
Correa

 

Por Felipe Burbano de Lara

Rafael Correa no ha dicho hasta ahora cuál es el régimen político con el que pretende remplazar la seudodemocracia -en sus palabras- que prevalece en el país. Ha dicho solo dos cosas: que representa la verdadera democracia y que los cambios saldrán de la Asamblea Constituyente. Cuando no tiene respuestas a las preguntas que le formulan los periodistas, la Asamblea es un gran refugio: todo será reinventado en ese espacio. No sabemos ni por quiénes, ni en qué condiciones ni con qué directrices. Cuando se anima a insinuar propuestas concretas de reforma política -como lo hizo en el diálogo de Ecuavisa- se vuelve convencional y conservador. Las únicas dos ideas que mencionó fueron la redistritación y elecciones de diputados en segunda vuelta. La primera propuesta provocará mayor fragmentación del país; la segunda, lo hace coincidir con las tesis defendidas por la centro derecha. ¿Sabe Correa lo que quiere?

Su falta de respuestas -más allá de la refundación, que es todo y nada- surge de su ambigüedad frente a la democracia. Correa no es un demócrata, mucho menos un político pluralista y abierto. Su retórica lo delata como una persona intolerante, que divide al mundo entre buenos y malos, contadores y economistas serios, entre quienes defienden la patria y quienes la venden, entre los políticos corruptos y él. Quienes lo conocen bien lo identifican con un moralismo cristiano cerrado (¡huyuyuy!). Su propia autodefinición política -humanista cristiano de izquierda- a la que habría que añadirle ser el heredero de la larga tradición populista ecuatoriana, lo presenta como un peligroso coctel de visiones que reivindican, cada cual a su manera, la posesión de la verdad. ¿Qué democracia cabe allí? Su tesis de la Constituyente hay que mirarla desde su incómoda relación con la democracia liberal. No creo que la Asamblea vaya a perseguir un acuerdo amplio de nuevas reglas del juego político. Nada de eso, será el escenario donde una nueva mayoría política imponga las reglas del juego y determine las condiciones en que gobernará. La refundación la harán los triunfadores sobre las cenizas y la exclusión de los derrotados, en nombre del pueblo. Correa ha dicho que se inspira en Chávez: la democracia, por lo tanto, será él; el cambio, él; la república bolivariana, él; la Patria nueva, él. El modelo político que calza con las visiones refundadoras es uno que entregue al presidente todos los poderes. La decisión de no presentar candidatos a diputados solo anticipa el sueño de un presidente con todos los poderes, sin oposición, con toda una hegemonía nueva a cuestas. Operará una aplanadora, un poder personalizado, sin mediaciones y contrapesos institucionales, sustentado en un cuerpo de colaboradores ultraleales con quienes compartirá solo una parte de todo su inmenso poder.

Su ambigüedad con la democracia nace también de ser un economista puro y duro: Correa cree que el cambio de modelo económico es la condición de la verdadera democracia; sin un modelo nacionalista y soberano de manejo económico no habrá democracia para los pobres y débiles. Todo, incluso la democracia, vendrá por extensión, por añadidura. Esa, y no otra, es la gran promesa ofrecida desde hace años por los críticos radicales del neoliberalismo.